martes, 10 de octubre de 2017

CUENTOS QUE PARTICPARON EN EL CONCURSO "LEYENDO LA JUGADA"



LA FUERZA DE ESTRELITA
Había una niña que  tenía cabello rubio, ojos claros, piel blanca, por eso la llamaron Estrellita. Cuando era pequeña se quebró la pierna y descubrieron que tenía cáncer, por eso tuvieron que amputarle la pierna.  Desde ese día soñaba con tener una bici rosa para pasear en ella.

Un día jugaba a las escondidas con sus compañeros, pero como no tenía pierna le era difícil esconderse, por lo cual sus amigos la hallaron rápido, entonces ella se aburrió y se peleó con todos, quedando finalmente sola y triste.

Al cumplir 19 años, escuchó que un atleta tenía pierna ortopédica y pidió a sus padres que la ayudaran a conseguirla para hacer una vida más normal.  Efectivamente al poco tiempo ya usaba una pierna igual a la del atleta.

Entonces mostró interés por el ciclismo y sus padres decidieron comprarle una bici y así se lo dijeron pues querían saber de qué color la quería; ella recordó que cuando era pequeña soñaba con una bici rosa y fue con sus padres a comprarla. 

Salía a pasear en su bici siempre y al ver su agilidad, decidió participar en una carrera y ganó el primer puesto.  El premio lo colocó en la sala de la casa para que sus padres siempre lo vieran y recordaran que ella siempre estaría con ellos y los acompañaría con su fuerza y coraje para enfrentar cualquier problema.

Autora: Ana Villarreal
Octavo Año “C”

UN SUEÑO HECHO REALIDAD
Chino y Oswaldo caminaban bajo la lluvia por las calles de la ciudad de Quito buscando dónde pasar la noche. Solos y en silencio decidieron quedarse en un pequeño parque, al no saber qué hacer ni qué decir se resguardaron debajo de un árbol muy grande y frondoso que impedía que la lluvia los siguiera mojando.  Con los ojos abiertos esperaron el amanecer.
Cuando las primeras luces del día llegaron, Oswaldo dijo con una mirada triste y a la vez feliz:
-          Chino ¿y si buscamos trabajo?
Ellos necesitaban alimentarse, pero debido a su edad no lograban conseguir nada.

Tras seguir deambulando por el lugar miraron a un señor haciendo malabares enn un semáforo, con una gran sonrisa Chino dijo:
-          ¿Por qué nosotros no hacemos lo mismo? Pero en nuestro caso con una pelota de fútbol.
Oswaldo estuvo de acuerdo y expresó:
-          ¡Qué gran idea! Pero tenemos que conseguir un semáforo para pararnos ahí y actuar.
Chino que era muy astuto contestó:
-          Nosotros no nos pararemos en un semáforo, iremos al parque en el que nos quedamos y comenzaremos a hacer los trucos que sabemos.
Con mucha alegría corrieron al pequeño parque y comenzaron a hacer lo que se propusieron, la gente estaba asombrada y empezó a acercarse hacia ellos, se preguntaban cómo dos niños de tan poca edad podían hacer semejantes trucos.
Un señor se les acercó diciéndoles:
-¡hey niños! ¿Dónde aprendieron a hacer eso?
Ellos muy asustados contestaron:
-          Esto no nos enseñó nadie, nosotros lo llevamos dentro de nosotros y desde siempre.
Con una mirada y una sonrisa de satisfacción, el señor dijo:
-          Tienen mucho talento y mucha energía, que es lo más importante.  Dándoles una propina no dijo más nada y se retiró del lugar.

Pasó el tiempo y Chino y Oswaldo seguían realizando los trucos para poder ganar dinero y alimentarse.  Sin embargo no se habían dado cuenta que aquel hombre con el cual habían hablado días antes los miraba desde hace días.  Un día se acercó a ellos y les propuso un trato, pues estaba maravillado que a tan corta edad, pudieran dominar la pelota tan bien.

Con una mirada alegre y casi llena de lágrimas, ellos aceptaron y no tardaron en enterarse que ese señor era dueño de una asociación de futbolistas.  Muy contentos por el trato que habían hecho, comenzaron a practicar y a superarse cada día más, incluso enseñaban a otros niños trucos que solo ellos sabían.

Transcurrieron muchos años, los dos chicos siempre habían sido fieles a la Asociación que dirigía el hombre que les había dado la oportunidad de superarse.  El señor murió y para sorpresa de los chicos, el hombre les había heredado la Asociación.  A los 22 años Chino  y Oswaldo de convirtieron en los mejores futbolistas de la Selección del Ecuador.

AUTORA: Maryuri Paguanquiza
Décimo Año “B”

EL REGALO DE LA AMISTAD
Había una vez una niña que se llamaba Flor, ella amaba hacer manualidades y experimentos.  Flor salía siempre a jugar al parque con su amiga que se llamaba Estrellita, a quien le hubiese gustado andar en bicicleta, pero no podía realizar este sueño porque no tenía una pierna.

Las dos eran las mejores amigas que jamás existieron; Estrellita iba en su silla de ruedas y Flor la ayudaba.  Para hacer reír a Estrellita, Flor usaba su talento y por eso un día le hizo una corona de flores para Estrellita como un regalo de amiga.  Cuando Estrellita vio su regalo pensó: ¡Qué regalo tan bonito! ¡Ojalá yo pudiera hacer regalos iguales a estos! Y se entristeció.

Para que Estrellita se animara a Flor se le ocurrió una grandiosa idea y le dijo a su amiga:
-          Ven a mi casa, te quiero enseñar algo.
Estrellita emocionada y a la misma vez asustada fue a la casa de Flor donde conoció a su mamá que era profesora de manualidades, quien enseñaba a su hija todo lo que sabía y también conoció a su papá que era abogado.  Flor le preguntó a Estrellita si deseaba tener clases de manualidades con su mamá.  Estrellita no sabía qué decir, pero la niña aceptó pues si vendía las manualidades podría comprar su bicicleta.

Pasaron los días y Estrellita salió a vender las manualidades que había aprendido, pero nadie se le acercaba porque las personas no estaban bien informadas de lo que le pasó s Estrellita en su pierna y pensaban que la enfermedad que tenía era contagiosa.  Estrellita con mucha tristeza regresó a su casa y le contó a su mamá que nadie quería comprarle lo que ella hizo con trabajo y esfuerzo.  Su mamá le dijo que ya no vendiera nada y que se quedara en su casa, pero Estrellita era una niña muy luchadora y no se rindió pues anhelaba manejar su bici.

Al siguiente día Estrellita salió otra vez a vender sus obras pero el único que le compró fue un hombre llamado Pedro, a quien le contó que el dinero que ganara en la venta de sus manualidades lo usaría para comprar una bicicleta, también le relató que en la hora de recreo nadie se le acercaba porque les daba miedo que Estrellita no tuviera una pierna y por ello sus compañeros se burlaban de ella y esto entristeció enormemente a don Pedro quien decidió ir a la escuela de la niña junto a Flor para dar una charla sobre la discapacidad y con esto los niños aprendieron a no discriminar a las personas discapacitadas.  Desde este momento todos cuidaban a Estrellita y la protegían. 

Un día Estrellita contó a su maestra y compañeros el sueño que tenía y por el cual había hecho sus manualidades, este era manejar bicicleta.  Entonces a sus compañeros se les ocurrió que podían organizar una actividad para poder darle a Estrellita la pierna que nunca tuvo.

Todos los días los niños vendían golosinas en el recreo y el dinero que ganaban  lo ponían en una alcancía.  Al finalizar el año contaron todo lo que tenían y se lo dieron a la mamá de Estrellita para que pudiera comprarle la pierna que tanto necesitaba para manejar su bicicleta.

Pasó el tiempo y Estrellita fue a visitar a don Pedro y a sus antiguos compañeros montada sobre una linda bicicleta de color rosa y en su cuello colgaban muchas medallas que la niña había conseguido participando en las Olimpiadas Especiales, pues nunca se había rendido y al tener su pierna ortopédica había luchado por ser la mejor deportista en lo que ella tanto amaba, el ciclismo.

AUTORA: Erika Pozo
Octavo Año “A”

LA MAGIA DE UNA ESTRELLA DE FÚTBOL
Al amanecer, cuando caían los primeros rayos del sol, en una casucha agujereada ingresaba con destellante brillo la luz esplendorosa del astro rey.  Cada rayo de luz envolvía al Chino que estaba recostado sobre cartones sucios y cobijas sudorosas.  Abría los ojos, estiraba los brazos, mientras entre bostezo y bostezo buscaba sus zapatos rotos y sucios para levantarse.

El Chino era un niño muy pobre, poco antes de llegar allí vagaba en las calles donde le tocó vivir después de huir del maltrato que recibía de sus padres.  Con una caja de cartón y algunas tintas pintaba los zapatos de los transeúntes para juntar centavos y poder comer.

Un  día caminaba y caminaba por el parque, por la plaza; subía y bajaba por las calles y no logró lustrar ni un par de zapatos.  El Chino sentía el crujir dentro  de su barriguita fría: grrr, era el sonido del hambre.  Buscando entre la basura encontró un balón muy desgastado que empezó a patear.  Como ya oscurecía caminó hacia su chocita siempre pateando su nuevo juguete.  Entonces miró al cielo que estaba lleno de estrellas, pero había una en especial que titilaba como si hablara, la miró y miró y le dijo:
-          Estrellita, mira mi nuevo tesoro
Y entonces sucedió algo extraño, la estrella le habló de esta manera:
-Tu tesoro está bonito y por eso te voy a dar una cosita especial.
El viejo balón se llenó de un brillo especial que transformó a Chino, de ser un niño pobre y hambriento, a un joven con muchas ganas de jugar fútbol y una habilidad increíble para manejar el balón.

No faltaba quien lo invitara a jugar fútbol pues siempre se destacaba, emocionaba con su juego y su habilidad en este deporte.  Pronto tuvo muchos amigos que lo apreciaban por ser un buen jugador y por eso tuvo la oportunidad de probarse en un equipo de la capital y tener un puesto destacado en su equipo.

Chino ya jamás estaría solo, ahora siempre tendría la compañía de sus compañeros de equipo, su balón  y el brillo permanente de una estrella en el cielo que lo cuidaba en cada jugada que realizaba.

AUTOR: Jhosua Fueltala
Octavo Año “A”

ESTRELLITA HIZO REALIDAD SU SUEÑO
Había una vez una niña llamada Estrellita, ella era obediente, honrada, honesta, pero su mayor pasión era la natación.  Sus padres la querían mucho y su abuela la apoyaba también para que alcanzara su sueño, que era ser una nadadora olímpica.

Un día y después de practicar mucho y dar su mejor esfuerzo, se convirtió en una experta nadadora; lamentablemente después de unos días su abuela murió por culpa del cáncer.  Estrellita se deprimió mucho y decidió no salir de su cuarto y tampoco ir a entrenar, pero recordó unas palabras que le dijo su abuelita, que eran: “Alcanza tus sueños Estrellita”.  Por esta razón quiso seguir entrenando para ser la mejor.

Cada día iba a la piscina a practicar, pero un día resbaló y cayó; la llevaron al hospital y el doctor le dijo que debido a la caída no podría caminar hasta que termine las terapias.  Estrellita se sentía muy triste y se dijo:
-          Primero muere mi abuela y luego yo me accidento y no puedo caminar, cómo puede suceder tantas desgracias.  Pensó nuevamente en lo que su abuelita le había dicho y se llenó de energía, entonces dijo:
-          Voy a ir a las terapias para poder volver a caminar y algún día representaré a mi país en las competencias de natación.

Después de mucho tiempo de terapia, Estrellita se mejoró y volvió a caminar.  Regresó a lo que le gustaba, la natación.  Luego de unos días de práctica se realizó la competencia para seleccionar quién iba a representar al país a nivel continental. Estrellita fue la afortunada ganadora y todos festejaron su triunfo.  Después de unos días viajó a Estados Unidos donde se iba a llevar a cabo la competencia.  Compitieron todos los países del continente y Estrellita fue la ganadora.  Le dieron muchos premios, pero su mayor alegría no eran las cosas materiales que le obsequiaron sino el haber alcanzado su sueño.

Siguió participando en varias competencias y continuó ganando.  Se convirtió en la mejor nadadora que haya tenido el país.

AUTORA: Jeniffer López
Octavo Año “A”

UN EXPERIMENTO DE FELICIDAD
Había una vez un niño como muchos, pero no con una vida como el resto.  El niño se apodaba “Chino”, perdió trágicamente a su padre y para la mamá fue duro recibir aquella noticia.  Chino era un niño al cual le gustaba jugar mucho con su compañero Luis, salía jugar todas las tardes a las escondidas, y los dos se divertían mucho.

Un día en que decidieron salir a jugar, ya era muy tarde cuando apareció un extraño hombre que solo se fijaba en Chino y en Luis y ponía atención a cómo jugaban y se divertían, pero nadie sabía qué planeaba aquel hombre de vestimenta negra, era la primera vez que este extraño aparecía por el barrio.  Toda la gente se preguntaba quién era y qué era lo que quería, sin embargo el hombre continuaba fijándose en Chino y Luis.

Todos pensaban que el extraño hombre al que más tarde supieron que apodaban “El viejo”, quería raptar a Chino y Luis, pero nadie sabía que el extraño hombre quería experimentar con ellos, quería mejorar su ADN para que puedan ser expertos en casi todo y puedan cambiar su pasado lleno de tristeza y dolor. “El viejo” habló con los muchachos sobre sus expectativas y les explicó el propósito de llevarlos a su laboratorio, los chicos aceptaron someterse al experimento. Cuando el extraño hombre llevó a Chino y Luis al laboratorio comenzaron con el proceso de mejorar el ADN para que pudieran desarrollar su inteligencia y fuerza especialmente en los deportes, así se convertirían en seres saludables y llenos de energía.

Pasaron los meses, Chino y Luis  pudieron entrar al colegio y se convirtieron  en atletas de élite. Por su habilidad recibieron bonos que les sirvieron para mejorar su vida y la de sus familias.  La felicidad prometida por aquel extraño hombre, poco a poco se hizo realidad y pudieron gozar de la alegría de estar juntos y vivir felices por el resto de sus vidas.
AUTOR: Jhonatan Simbaña       Décimo Año “B”
UN ACCIDENTE EN BICI
Había una vez dos niñas llamadas Sara y Estrellita, ellas se conocieron en el orfanato.  Un día que estaban sentadas en sus camas viendo desde la ventana, vieron pasar a tres niñas con sus bicis rosadas, ellas se veían felices junto a sus padres.  Sara y Estrellita se pusieron muy tristes porque ellas soñaban tener sus bicis rosas y tener a su lado a su papá y su mamá. 

Un día llegó al orfanato una pareja que quería adoptar una niña y apenas entraron y vieron a las niñas Sara y Estrellita se encariñaron con ellas y las adoptaron para que vivieron como hermanas.

Cuando llegaron a la casa de sus nuevos padres, las niñas vieron a una ancianita que les dijo:
-          Vengan mijitas y déjenme  darles un abrazo a mis nuevas nietas.
Las niñas eran felices ya que su sueño se estaba cumpliendo.

Una tarde Sara y Estrellita estaban jugando con sus bicis como acostumbraban, cuando de pronto apareció un pero negro que les ladró y ladró, ellas huyeron rápidamente en sus bicis, asustadas pero alegres de no haber sido mordidas por aquel perro.

Una tarde salió toda la familia a jugar como acostumbraban y Sara se cayó de su bici, Estrellita corrió a verla y le preguntó:
-          ¿Estás bien?
Sara le contestó:
-          No, me duele mucho mi talón
Sara se desmayó, llamaron a la ambulancia y la llevaron al hospital.  Cuando salió el doctor les comunicó que la niña se había fracturado el talón por la caída desde su bicicleta y mencionó que no podría jugar en su bici por lo menos durante cuatro meses, hasta que su talón sanara.  Las dos niñas se pusieron a llora por esta mala noticia.

Pasaron los meses y Sara se recuperó.  Estrellita y sus padres prepararon una fiesta para celebrar el acontecimiento.  Cuando Sara bajó a la sala de la casa vio su bici rosa junto a la de su hermana y se puso muy feliz ya que otra vez podría disfrutar del deporte que le encantaba.  Toda la familia se reunió y se fueron con sus papás y hasta la abuelita a pasear en bicicleta.  Sara entendió que practicar un deporte puede ocasionar accidentes, pero cuando esto ocurre es necesario volver con más fuerza y seguir practicando lo que a uno le gusta.
 
AUTORA: Selena Lara
Octavo Año “B
MANUEL Y CHINO, DOS GRANDES AMIGOS
Manuel era un muchacho muy destacado en sus estudios, pero era muy malo en los deportes, pero cuando salía  del colegio miraba a los chicos que jugaba e la cancha, él se quedaba mirando a aquellos muchachos que dominaban el balón. Manuel quería aprender lo que ellos hacían

Un día se encontró con un muchacho llamado Chino, él lo invitó a jugar y Manuel aceptó y jugaron toda la tarde, quedaron muy cansados, pero ese día Manuel aprendió muchos trucos de fútbol.  Al otro día Chino y Manuel retaron a unos muchachos que jugaban en la cancha, los dos muchachos jugaban con tanta destreza y agilidad que los del otro equipo bailaban.  Manuel no se quedó atrás, él jugó al máximo y hasta superó a su amigo Chino.. Se acabó el partido y el marcador quedó 5 a 4.  El entrenador del otro equipo quedó impactado con la habilidad de los dos muchachos y les propuso jugar en un campeonato de fútbol.

Todo estaba bien, Manuel y Chino se preparaban para el primer partido del campeonato, pero ocurrió una tragedia con Manuel, se lesionó un día antes del partido, mientras entrenaba.  Comunicó a su amigo Chino esta situación y le pidió a su amigo que hiciera todo lo posible por ganar el campeonato, él no podía estar jugando pero lo apoyaría como si estuviera presente en cada partido.

Chino y su equipo ganaron el campeonato de fútbol.  Fueron a visitar a Manuel que se encontraba en su casa, enyesada su pierna.  Los jugadores acompañados de su entrenador y Chino entregaron el trofeo ganado a Manuel quien agradeció a sus compañeros este hermoso gesto.  Tiempo después se veía a Chino y Manuel jugando con una pelota en el parque.  Manuel valoraba al fútbol porque le había dado la oportunidad  de tener un buen amigo y destacarse en algo distinto al estudio.

AUTORA: Marlon Reina                                           Décimo  Año “B”
UNA PROMESA PARA EL FUTURO
Chino era un niño de esos a quienes les gustaba jugar fútbol, él vivía  en Quito con su madre y su padre, los cuales viajaban mucho por el trabajo.  Él tenía un amigo que se llamaba Mateo, ellos siempre jugaban en el estadio.  Chino y Mateo tenían 13 años de edad y estaban e un equipo de fútbol, eran las estrellas.  Jugaban de delanteros con una formación excelente de 5-4-2, pero quien jugaba mejor de los dos era Chino, pues era famosos por hacer unas maniobras maravillosas en el campo de juego.

Mateo siempre se cobijaba bajo la sombra de su amigo, era el segundo mejor jugador del equipo, hasta que un día decidió dejar de ser el segundo y ser más destacado que su amigo.  Mateo recibió el apoyo de sus padres.  Su papá cada domingo lo llevaba a jugar al parque para que fuera progresando en el fútbol.

Chino en cambio no recibía el apoyo de sus padres ya que ellos siempre se iban de viaje.  Un día Chino jugó bastante mal, no corría ni hacía el menor esfuerzo por correr tras el balón, por lo cual lo sacaron y lo mandaron a la banca.  Mateo se puso triste al ver a su amigo sentado en la banca y por ello hizo una falta a propósito por lo cual le sacaron tarjeta roja y tuvo que salir de la cancha y así pudo acompañar a su mejor amigo.

Chino miró lo ocurrido y preguntó a Mateo por qué lo había hecho y Mateo respondió:
-          Sé que el estar separado de tus padres te afecta.  Si ellos estuvieran contigo tu rendimiento sería mejor, pero debes r3cordar que ellos te aman y si están viajando es por darte una vida mejor. No estés triste yo siempre estaré a tu lado acompañándote.  Además si tú no juegas no puedo probarte que yo me estoy superando para ser mejor, tal vez algún día hasta sea mejor que tú.
Los dos amigos rieron y en ese momento se escuchó: ¡Gooool! Su equipo había metido un gol y ganaron el partido. 

Chino se dio cuenta de la valiosa amistad que tenía y por ello se acercó donde Mateo y le dio un gran abrazo, le agradeció por sus palabras que le habían devuelto la fuerza para luchar por sus sueños y le prometió que jamás dejarían de ser amigos, pasara lo que pasara.
AUTOR: Saúl López
Décimo Año “B”
UNA LECCIÓN PARA ESTRELLITA
Estrellita era una niña de 9 años y le gustaba el fútbol, pero ella tuvo un accidente y perdió la pierna, no podía jugar con sus amigas, ella se sentía triste.

Un día conoció a alguien que le cambiaría la vida, se llamaba Luisa, era una amiga que comprendía su tristeza, la acompañaba y la ayudaba y también jugaba con Estrellita por lo cual las dos niñas eran muy felices. Todas las tardes Luisa acompañaba a su amiga a jugar fútbol, aunque lo hacían con mucho cuidado para evitar dañar a Estrellita.

Luisa y Estrellita jugaban en el parque cuando de pronto Estrellita cayó al suelo desmayada.  Luisa no sabía qué hacer y llamó a la mamá para que llevaran a su amiga al hospital.

Estrellita salió del hospital pocos días después, llegó a su casa y se metió en la cama a descansar de acuerdo a la recomendación del doctor, quien además pidió a la madre de Estrellita que le diera comidas nutritivas pues la niña se había desmayado por exceso de ejercicio y por falta de alimentos adecuados.

Con el paso del tiempo Estrellita volvió a jugar con su amiga Luisa y se convirtió en una jugadora excelente, porque su amiga le enseñó a no tener prejuicios y a no detenerse ante nada para conseguir hacer realidad los sueños.
AUTORA: Damaris Rosero
Octavo Año “B”

UN PROBLEMA DE CORAZÓN
Erase una vez un chico a quien se le apodaba “Chino”, al cual le gustaba mucho el atletismo.  Un día estaba en una competencia a la cual le había puesto demasiado empeño, y casi para llegar a la meta tuvo un problema y cayó al suelo, su padre muy angustiado corrió al lugar donde se encontraba su hijo y lo llevaron al hospital porque le dijeron que tenía un problema en su corazón.

Pasaron los días y Chino seguía en el hospital, pero a él le gustaba estar ahí porque tenía nuevos amigos y también amigas, pero solo una de ellas llamaba su atención, ella se llamaba Estrellita.  Decidió contarle a su padre sobre sus sentimientos, pero su padre le dijo que no se tenía que enamorar porque su corazón era frágil y lo podían lastimar.  Chino respondió a su padre que ella no  lo lastimaría, pues lo que en verdad le haría daño era el no poder estar con Estrellita.

Pasaron los años y Estrellita y Chino ya no eran niños, aún seguían juntos y haciendo lo que les gustaba. Chino decidió practicar el deporte que le gustaba que era el atletismo, pero debido a su enfermedad del corazón se había detenido en la práctica de este deporte, sin embargo Estrellita lo había animado a continuar con la práctica de esta disciplina. 

Participó en varias competencias y ganó varios trofeos y se dio cuenta que el problema en su corazón ya no le afectaba.  Compartió su triunfo con su padre y Estrellita. Un día que llegó de entrenar se encontró con la gran sorpresa de que le habían otorgado una beca en una universidad muy reconocida y podría ir con su novia.  Así lo hicieron y juntos cosecharon muchos triunfos  en la vida.
AUTOR: Santiago Burbano
Octavo Año “A”


UNA VIDA SIN OBSTÁCULOS
Erase una vez un chico al que se lo apodaba Chino, el basquetbolista.  Un día estaba en un campeonato y casi para terminar el partido tuvo un problema debido a una falta de su contrincante que lo lesionó gravemente.  Su padre que lo acompañaba pensó que no era nada importante y por eso no lo  llevó al médico en ese momento.

Con el pasar de los días Chino se puso muy grave, sentía mucho dolor y tuvieron que llevarlo al hospital donde el doctor le comunicó al padre que su hijo había desarrollado una gangrena en su pie debido a la falta de atención médica y que por ello tendrían que amputarle una parte del pie que le afectaría el que pudiera caminar bien.

La vida de Chino cambió totalmente, a él le gustaba practicar todo tipo de deportes, pero ahora no podía hacerlo por no tener su pie completo.  Un día que salió a pasear junto a su madre observaron que en una cancha de tenis jugaban varios jóvenes y a ella se le ocurrió que su hijo podría prac ticar este deporte, pero Chino le respondió que a él no le interesaba este deporte  porque le parecía aburrido, pero al llegar a la casa decidió investigar un poco sobre tenis y sus reglas de juego.

Después de unas semanas comenzó a practicar el tenis, aunque al inicio era un poco torpe,  se caía y no podía correr con agilidad, con el tiempo fue mejorando.  Un día vio que un niño en silla de ruedas entraba a la cancha, se acercó y le preguntó qué hacía ahí, el niño le respondió que iba a practicar su deporte favorito que era el tenis, entonces el niño vio la admiración y sorpresa en la cara de Chino y le dijo:
-          Estar en una silla de ruedas, no me impide hacer lo que yo quiero, solo tú pones obstáculos en tu vida.
Chino entendió lo que el niño le dijo y eso marcó su vida porque desde ese día hizo más esfuerzo por superarse. Volvió a la cancha de básquet y aunque con mucho esfuerzo siguió participando en campeonatos porque él superaría los obstáculos en su vida.
AUTORA: Jeizon Cuásquer                             Octavo Año “A”
ESTRELLITA, UNA MUJER VALIENTE
Estrellita era una mujer valiente y fuerte a pesar de no tener una pierna.  Fue la  primera mujer que obtuvo una medalla en ciclismo, pero siempre anheló  practicar otro deporte como la patineta, pero debido a su pierna ortopédica este deporte le resultaba muy difícil. Pasaron los días y tuvo la oportunidad de asistir a una competencia de patinetas, ella quería participar porque le encantaba las cosas que hacían con algo tan pequeño como la patineta, entonces decidió comenzar a practicar y se puso como meta que un día participaría en una competencia.

Primero tuvo que ahorrar para comprarse su patineta, ella decidió que fuera rosa con ruedas fucsias y amarillas.  Cada tarde practicaba con disciplina, al principio le resultó duro porque caía una y otra vez, pero un día llegó a su vida una vieja amiga a quien no había visto por mucho tiempo y le conversó sobre el deporte que estaba practicando.  Su nueva amiga la acompañaba a los entrenamientos y le hacía ver los errores e incluso la inscribió en un campeonato.

Cuando llegó el día en que Estrellita debía participar no la querían dejar  entrar en la competencia porque decían que se podría hacer daño al usar la patineta, pero Karolina, su mejor amiga, le dijo que no se  rindiera, que su pierna nunca había sido un obstáculo para lograr lo que se había propuesto y que no tenía que darse por vencida ya que era una mujer valiente y debía demostrar a todos cómo había salido adelante.

La competencia empezó  y el turno fue para Jeny Carson, una excelente competidora que había ya ganado 3 veces seguidas.  Ya le tocaba a Estrellita, ella estaba muy nerviosa, pero se armó de valor e hizo una presentación muy buena.  Todos la felicitaban por el trabajo que había hecho, ella no sabía si había ganado o no, pero se sentía una ganadora porque había hecho su mejor trabajo y había puesto todo su esfuerzo para demostrar que era una mujer valiente.
AUTORA: Melani Yandún       Octavo Año “C”
HISTORIA DE UNA BICI ROSA
Estrellita era una niña de 12 años que vivía en el barrio San Francisco, ella estudiaba en la U.E. Gonzalo Fernández, se caracterizaba por ser una soñadora, ya que le gustaba mucho tener una bici rosa con unos lacitos.

Un día Estrellita se fue al parque y se dio cuenta que una niña  tenía una bici rosa con unos lacitos, como a ella le gustaba, se acercó y le dijo a la niña que le prestara y ella amablemente le dijo que sí, pero Estrellita no sabía manejar muy bien, se fue a pasear por el camino y no se dio cuenta que venía un carro y cayó justo cuando el carro pasaba y por ello le pisó su pierna; de inmediato llamaron a su mamá y la llevaron al hospital donde el doctor le dijo que estaba muy mal y que tenían que amputarle la pierna.

Estrellita pasaba muy triste metida en su cuarto junto a su hermana, se la pasaba dibujando en hojas de papel a niñas montadas en bicis rosa, luego pegaba sus dibujos en las paredes de su habitación, su hermana observaba esto y no le decía nada hasta que un día invitó a su hermana a salir al parque para que se distrajera.  Estrellita tuvo que usar sus
Muletas, aunque no le gustaban para nada.

En el parque conocieron a Juan, un joven de 16 años, muy atractivo que había llegado a la ciudad y que le platicó un poco de su vida, le contó que a él le encantaba el ciclismo y por ello ganó medallas. Al siguiente día invitó a pasear en bicicleta a Estrellita, quien al principio no quería, pero ante la insistencia de Juan terminó por aceptar.  Poco a poco Juan con su paciencia y cariño le enseñó otra vez a andar en bicicleta a su nueva amiga y no tardaron en formar un gran grupo de amigos que recorrían las calles en sus bicis de colores.
AUTORA: Eliana Mendoza     
 Octavo Año “C”


ESTRELLA LUNA Y SUS PATINES
Una niña llamada Estrella Luna soñaba con tener patines de color rosa, pero a su madre no le alcanzaba casi para nada, ella trabajaba cosechando papas y  el dinero que ganaba lo gastaba todo e comida para la familia.  Ellos vivían en un pueblo muy alejado dela ciudad de Quito, ese pueblo era muy pobre.  La niña no se conformaba con su situación y decidió irse a trabajar para cumplir su sueño.  Consiguió trabajo donde una señora rica arreglando la casa.

Una mañana ella salió a hacer compras, pero en el momento que ella iba a cruzar la calle no miró y la atropelló un carro..  La niña perdió mucha sangre, después de media hora llegó la ambulancia y la trasladaron al hospital.  La madre fue informada y cuando llegó al hospital preguntó al doctor:
-          ¿qué le pasó a mi hija?
El doctor respondió:
-          Su hija está fuera de peligro pero hay un problema, la niña perdió el pie izquierdo.
La mamá desesperada no sabía cómo darle esta noticia a su hija.

Estrella Luna despertó y se quería levantar al baño, pero algo extraño sucedía, la niña no se podía levantar, se miró la pierna izquierda y vio que estaba vendada; la curiosidad por saber qué pasaba la llevó a quitarse la venda y entonces se dio cuenta que no tenía pie.  Dio un grito de dolor y angustia que acudió su madre y los médicos para tranquilizarla.

A Estrella Luna se le cayeron  todos sus sueños, en especial el de ser campeona e patinaje.  Estrella Luna pasó todo un año encerrada en su casa sin querer ver a nadie.

Pasó el tiempo y Estrella Luna fue cambiando de actitud y un día anunció a su madre que no se iba a rendir e iba a salir adelante.  Salió a la calle y aunque caminaba con dificultad se fue a la plaza donde patinaban todas las niñas.  En ese lugar encontró a una amiga quien desde ese momento se comprometió a ayudar a Estrella Luna para que pudiera patinar aunque fuera con ayuda.
La mamá de Estrella Luna veía como cada día su hija se iba fortaleciendo.  Sabía que tendría limitaciones pero que saldría adelante.  Pasaron los años y Estrella Luna logró patinar sola con la ayuda de una prótesis que le sirvió para ganar una medalla en las Olimpiadas Especiales. 

Estrella Luna y su madre decidieron salir de su pueblo e irse3 a la ciudad donde encontrarían más oportunidades  para superarse, la joven fue la más feliz del mundo porque cumplió sus sueños, siguió estudiando y ya no tendría que trabajar más.
 
AUTORA: Mishell Nazate     
 Octavo Año “C”

UN SUEÑO ROTO
Chino era un niño que decidió viajar a Guayaquil, llegó a la gran ciudad  en el día y vio a unos niños con celulares, Chino no sabía qué eran esos aparatos y por eso les preguntó:
-          ¿Qué es eso que tienen?
Los niños respondieron con enfado que eran teléfonos celulares y que a él no le importaba. El niño no entendía por qué las personas de la ciudad eran tan bruscas. Chino se fue a comer a un restaurante con el poco dinero que tenía y comió encebollado, miró su bolsillo y casi o le quedaba dinero.

Llegó la noche y Chino vio a unos hombres un poco extraños.  Chino se asustó y corrió a esconderse en un tacho de basura, su corazón estaba acelerado y casi se lo podía escuchar a lo lejos.  Finalmente al ver que aquellos hombres se fueron, salió y esa noche durmió en una vereda.

Al siguiente día Chino fue a un estadio muy chiquito que era de arena y con una botella empezó a a jugar solo, unos niños lo miraron y estaban sorprendidos de su habilidad, entonces le dijeron: ¡Partido!  Él  dijo ¡Bueno! Y empezó el juego.  Chino iba con Juan y Miguel, quien corrió y en la mitad de la cancha pasó la pelota a Chino quien pateó y dio en el palo.  Sacaron  y Chino se la quitó a Jhon e hizo el pase a Juan y todos gritaron ¡goool! Ganaron 1-0.
 
Chino quería asistir a la escuela pero primero decidió buscar empleo e un restaurante, pero le dijeron que no, estaba decepcionado por esto, pero decidió buscar en otros restaurantes cercanos con muy poca suerte.  Iba caminando cuando vio que 5 jóvenes estaban regalando caramelos, al verlo lo llamaron y le dijeron:
-          Oye niño, toma te damos esta caja de caramelos y los puedes vender en el parque.
Chino se emocionó y aceptó los dulces y se fue a venderlos.

Cuando estaba en el parque un grupo de policías pasaron junto a él acompañados de 2 canes, olfatearon al niño y descubrieron que los dulces no eran lo que parecían, sino contenían una sustancia prohibida.  Los policías quitaron la caja de dulces a Chino quien no entendía qué pasaba, la examinaron y constataron que efectivamente era droga y enviaron a Chino a al DINAPEN, lo interrogaron y decidieron dejarlo 2 días detenido.

Finalmente fue liberado pero no tardó en juntarse con amigos que no debía, ya no practicaba el deporte que tanto le había gustado.  Poco a poco el niño fue cambiando para mal.  Un día llegó a la ciudad su madre quien lo había estado buscando por mucho tiempo y casi lo desconoció, ya no quedaba nada de aquel muchacho que un día había querido ser el mejor futbolista.  Trató de persuadirlo para que regresara con ella, pero Chino corrió y no quiso regresar. Chino había perdido sus sueño
AUTOR: Abel Revelo     
 Octavo Año “C”

UN GRAN MAESTRO
En un pequeño pueblo había un niño llamado Francisco que era nuevo en la escuela, era muy tímido y callado. Un día conoció a Chino, un niño que vivía una vida triste, que no estudiaba, pero era muy ágil en el fútbol.  Francisco no era bueno en ningún deporte, pero él anhelaba ser  un gran jugador de fútbol aunque no tuviera la destreza suficiente.

Un día los muchachos salieron juntos, Chino esperó a su amigo fuera de la escuela y los dos se encaminaron a practicar un poco y desarrollar habilidades con el balón; aunque Francisco no podía, intentaba e intentaba y poco a poco fue dominando el balón.  Chino al verlo se sentía muy orgulloso de él porque de alguna manera él había sido su maestro.

Una tarde Francisco estaba más distraído de lo acostumbrado, al ver esto Chino le preguntó el porqué se sentía así.  Francisco le respondió que habían muchos problemas en su hogar.  Chino al escuchar eso lo entendió porque a él también le pasaba frecuentemente lo mismo en su casa.

Chino para animar a su amigo le siguió enseñando más trucos, fue entonces cuando Francisco se dio cuenta que los botines de Chino estaban muy rotos, no quiso hacer sentir mal a su amigo y por ello se acercó a conversar con él y descubrió que la pobreza no era el único problema de Chino sino también que su padre lo pegaba y maltrataba casi a diario, esa era la razón por la cual Chino jugaba con tanta fuerza el fútbol, dejaba en el deporte todos los vacíos de su vida.

Chino tenía un partido de fútbol al que no podía faltar, sus padres trataron de impedir que fuera, pero Chino se escapó y llegó a la cancha, pero sus padres lo habían seguido, su padre quería golpearlo por haber salido sin permiso, pero cuando llegaron y lo vieron jugar, se sintieron orgullosos de su hijo.

Al terminar el partido Chino se llevó la sorpresa e que sus padres lo habían estado observando y que no estaban enojados.  Chino con miedo se acercó donde ellos y ellos le prometieron cambiar y apoyarlo para que sea un buen futbolista y también pueda estudiar.  En cuanto a sus zapatos ya encontraría dinero para comprarle un par de zapatos nuevos.  Francisco miró la escena y se sintió orgulloso de su gran “maestro”.

AUTOR: Eric Maigua     
 Décimo Año “B

  
UN GESTO EN EL DEPORTE
Juan era un chico que no era muy hábil para los deportes.  Un día llegaron a su colegio dos estudiantes llamados Chino y Estrellita, que eran hermanos.  Los niños eran pobre y siempre salían a jugar en las tardes con sus amigos.

Juan al poco tiempo de que llegaran sus amigos empezó a juntarse con ellos y empezó a practicar el fútbol aunque muchas veces recibía regaños de parte de Chino por su poca habilidad. Se acercaba el campeonato interno de fútbol en la escuela y todos estaban emocionados menos Chino porque era de escasos recursos económicos y no tenía para el uniforme.

Juan se enteró de la dificultad de Chino y junto a sus compañeros de curso decidieron hacer actividades para reunir el dinero y comprar el uniforme de Chino, su capitán.  Así lo hicieron y
El día de la inauguración, Chino recibió de las manos de sus compañeros su uniforme.  Él se sintió muy  feliz y jugó como nunca para recompensar el gesto de sus amigos.
 

AUTOR: Joel Arteaga
 Décimo Año “B





viernes, 22 de septiembre de 2017

CUENTOS PARA IMPRIMIR

Título: Cuando me gustaba el fútbol
Autor: Raúl Pérez Torres
Enlace: http://www.flacsoandes.edu.ec/libros/104661-opac
Yo bajaba con Oswaldo por la Avenida América, rodando la pelota con pases largos de vereda a vereda, cuando mamá salió a la ventana de la casa y me llamó a gritos. Me paré en seco mirando cómo la pelota se iba solita, sin nadie que la detuviera, que la acariciara, como lo hacía yo con mis zapatos de caucho ennegrecidos y rotos. Oswaldo estupefacto por un momento, corrió luego tras ella y yo regresé donde mamá, limpiándome las manos en el pantalón.
Mi vieja, enfadada y marchita, llena de grandes surcos sus mejillas, me habló de la misma manera que hablan todas las madres pobres, me recriminó mi suciedad, mi vagancia y ese juego maldito que destruía mis zapatos y dejaba mi ropa "hecho sendales".
Luego llevándome al comedor me dijo "desclava ese cuadro de la pared y límpialo porque debes ir a empeñarlo".
Me dediqué por entero a esta labor y Oswaldo me ayudaba, tratando de sacarle el mejor brillo con el trapo que utilizaba mamá para limpiar los cubiertos (que casi siempre estaban limpios). Era un cuadro plateado de la Divina Cena tallado a mano. Despreciaba ese cuadro, siempre lo había mirado desde mi silla con esa muerta benevolencia que no servía para nada, con el tipo de barbas largas sentado en la mitad de una mesa enorme y los doce más mirando nuestro almuerzo de caras macilentas y sopa de fideo. Oswaldo me dijo: "hay que jalarle las barbas a éste" y yo me reí buscando en su actitud esa sombra protectora de la amistad, pero luego me puse triste y con ganas de decir puta madre, porque me daba pena ver cómo poco a poco nos íbamos quedando sin nada, primero el radio, luego la vajilla que le regalaron a Micaela cuando se casó, el despertador de Julia, el abrigo que Manolo heredó de papá, el prendedor que le regaló el tío Alonso a mamá cuando regresó de España, los libros de medicina de cuando el ñaño estudiaba y así todo, y también estaba eso de que podía verme Gabriela en el momento de entrar a la casa de empeño de don Carlos, como ya me había visto otras veces. Por eso y por mucho más estaba triste. Pero Oswaldo me dijo que me acompañaría y además recordé que el cuadro no me gustaba y que ahora
podría comer en paz, mirando las paredes vacías y las telas de araña que siempre me produjeron una extraña fascinación.
Guardamos la pelota en la red que Micaela tejió cuando estaba en cinta y bajamos a lo de don Carlos.
Quedaba en el primer piso de la casa de Gabriela, había que atravesar un zaguán largo y embaldosado. Yo procuraba no topar las baldosas negras y caminaba en puntillas. Siempre que no tocaba las baldosas negras don Carlos me recibía afectuosamente y decía: "veamos, veamos, qué me traes ahora condenado" .Al final habían dos puertas cerradas y despintadas, con mucha mugre, y manoseo, con el timbre a un lado (todas las veces que tocaba ese timbre me daban ganas de orinar), se abría sigilosamente una puerta corrediza pequeña y unos ojos chiquitos sin luz, escudriñaban a los lados de mi rostro, sin fijarse en mí, hasta que finalmente me miraba y decía con voz gangosa: "veamos, veamos, qué me traes ahora condenado".
Estiré el paquete y don Carlos preguntó:"¿qué es esto?", a la vez que abría el envoltorio con sus manos amarillas y temblorosas. Me desentendí del asunto y me puse a mirar tras suyo todo lo que mis ojos podían ver: medallones empolvados, chalinas de diferentes colores, radios, libros, máquinas de coser y de escribir, dos o tres biblias de enorme tamaño, un cofre de hueso, cobijas, un estuche de cuero, una espada, un título de abogado con marco de madera tallado, ternos de hombre, abrigos, todo ordenado y pegado con un papelito blanco. Pero el cuarto lleno de humo no me dejaba ver más allá, donde una bruma espesa se extendía como borrándolo, como debe ser la entrada al infierno, hasta que su voz ronca sonó en mi oído como cuerno y dijo; "esto no sirve, es pura lata" .Volví mi cabeza desamparada hacia Oswaldo que estaba escondido inclinado tras la puerta y él me hizo una seña impaciente frunciendo las cejas y agitando las manos, indicándome que insista, entonces yo mientras bailoteaba desesperadamente en mi puesto, frotándome las piernas, le dije: "es nuevo, el tío nos trajo de Roma".
Don Carlos pasaba el dedo por los apóstoles y mascullaba algo entre dientes, luego prendió un foco y se iluminó el cuarto con miles de reflejos dorados que por simple coincidencia venían a estrellarse contra mis ojos, al rato dijo: "cuánto", yo respondí: "cien, mamá lo sacará a fin de mes". Don Carlos lanzó una risotada y gritó: "ni comprado, ni que estuvieran vivos". Tragué saliva y respondí: "cuánto ofrece" y me sentí como esas mujeres que vendían verduras en el mercado del barrio. Don Carlos fue a su escritorio y sacó dos billetes de a veinte, diciéndome: "toma esto condenado para que no te vayas con las manos vacías, firma aquí" y me señaló el libro azul con la pasta rota. Firmé y recogí los dos papeles y sentí un profundo resentimiento con mamá, con Oswaldo, con don Carlos y con esos viejos plateados de la Divina Cena. Cuando me retiraba, don Carlos me gritó: "espera la contraseña" y me lanzó un recibo que lo doblé y guardé en el bolsillo de la camisa junto con los billetes, pensando en que ya teníamos para otro día de comida.
Antes de salir pedí a Oswaldo que saliera primero y me avisara si Gabriela estaba en la ventana. Oswaldo salió alegre, pateando la pelota y luego me hizo unas señas que yo no entendí bien. Cuando salí, la voz inconfundible de Gabriela me gritó: ''Chino", pero yo acalambrado hasta los talones me lancé contra Oswaldo, le quité la pelota y corrí con todas mis fuerzas. En la esquina de
la Panamá cambié un billete y compré un helado y dos delicados. Allí le esperé a Oswaldo, pero no apareció; entonces empecé a subir a la casa pateando las piedras y aplastando las pepitas de capulí que encontraba en la calle, ese sonido me producía una dulce satisfacción en las plantas de los pies y en el oído.
Cerca de la casa me encontré con la jorga del flaco Daría, todos estaban en rueda, tecniqueando con una cáscara de naranja. Me quedé viéndoles hasta que se acercó el Chivolo Sáenz y me dijo: "Chino, juguemos un partidito", yo me iba a negar pensando en que mamá me estaría esperando para tomar café y comprar la leche de la mamadera del hijo de Micaela, pero el flaco vino por atrás y me hizo soltar la pelota, así que decidí irme con ellos diciéndome: "qué carajo , que esperen".
Había una canchita frente a la Escuela Espejo. Allí jugaba yo siempre al salir de la escuela, en el tiempo en que asistía, pero desde que murió papá ya no volví porque mamá me dijo que era preciso que la acompañara, que se sentía muy sola y triste y que yo era su único halago, pero ahora sé que no fue por eso, sino que necesitaba a alguien a quien insultar, a quien mandar a los empeños, a quien enviar a la tienda a fiar el pan de la tarde. Pero en la cancha me olvidaba de todo y le daba a la pelota más que ninguno, tal vez sólo por eso gozaba de un pequeñí simo respeto, como ahora en que el flaco me decía : "Chino, haz vos el partido" y yo meditaba , me daba aires, miraba a todos, uno por uno, y decía serio: "vos Chivolo acá, vos Patitas allá".
Ellos metieron el primer gol. Nos sacamos las camisetas y entonces sí se distinguía más. Yo me entendía bien con Perico pero más con Oswaldo, lástima que Oswaldo no estuviera porque sino era goleada. De todas maneras ganamos un partido y suspendimos el otro porque casi ya no se veía y decidimos pararlo para continuar al otro día.
Cuando fui a ponerme la camisa, ésta había desaparecido. Comencé a buscarla primero con una risa nerviosa, luego angustiado y luego con lágrimas en los ojos, pero la camisa nada. Todos empezaron a abandonarme. Se me abrió un abismo oscuro, largo, de donde salía mamá, Micaela, su hijo, Oswaldo, papá, el profesor, los zapatos de caucho, don Carlos, Gabriela, los apóstoles.
Seguí buscando por horas, debajo de las piedras con las que señalábamos el gol, tras de los árboles, bajo las yerbas, fui a la tienda y rogué que me prestaran una esperma y seguí buscando, con el dorso desnudo, empapado en lágrimas, tras de las matas de chilca, en el tapial, al otro lado de la cancha.
Ya muy entrada la noche, desolado y vencido, lleno de frío y miedo me dije: "bueno, Chino, que mierda" y me llené de tristeza. De la misma tristeza que tenía mamá cuando perdió a papá.
Ahora estoy en la estación esperando que pase Oswaldo y el negro Bejarano a ver si nos vamos a Guayaquil para embarcarnos.

Título: Viejo con árbol
Autor: Roberto Fontanarrosa
Enlace: https://yantorno01.files.wordpress.com/2011/06/cuento-1-iniciacic3b3n.pdf
A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo.
Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya pasaron a considerarlo hinchada propia. Porque el viejo bien podía ir a ver los otros dos partidos que se jugaban a la misma hora en las canchas de al lado, pero se quedaba ahí, debajo del árbol, siguiéndolos a ellos.
Era el único hincha legítimo que tenían, al margen de algunos pibes chiquitos; el hijo de Norberto, los dos de Gaona, el sobrino del Mosca, que desembarcaban en el predio con las mayores y corrían a meterse entre los cañaverales apenas bajaban de los autos.
—Ojo con la vía —alertaba siempre Jorge mientras se cambiaban.
—No pasan trenes, casi —tranquilizaba Norberto. Y era verdad, o pasaba uno cada muerte de obispo, lentamente y metiendo ruido.
—¿No vino la hinchada? —ya preguntaban todos al llegar nomás, buscando al viejo— ¿No vino la barra brava?
Y se reían. Pero el viejo no faltaba desde hacía varios sábados, firme debajo del árbol, casi elegante, con un cierto refinamiento en su postura erguida, la mano derecha en alto sosteniendo la radio minúscula, como quien sostiene un ramo de flores. Nadie lo conocía, no era amigo de ninguno de los muchachos.
—La vieja no lo debe soportar en la casa y lo manda para acá —bromeó alguno.
—Por ahí es amigo del referí —dijo otro. Pero sabían que el viejo hinchaba para ellos de alguna manera, moderadamente, porque lo habían visto aplaudir un par de partidos atrás, cuando le ganaron a Olimpia Seniors.
Y ahí, debajo del árbol, fue a tirarse el Soda cuando decidió dejarle su lugar a Eduardo, que estaba de suplente, al sentir que no daba más por el calor. Era verano y ese horario para jugar era una locura. Casi las tres de la tarde y el viejo ahí, fiel, a unos metros, mirando el partido. Cuando Eduardo entró a la cancha -casi a desgano, aprovechando para desperezarse- cuando levantó el brazo pidiéndole permiso al referí, el Soda se derrumbó a la sombra del arbolito y quedó bastante cerca, como nunca lo había estado: el viejo no había cruzado jamás una palabra con nadie del equipo.
El Soda pudo apreciar entonces que tendría unos setenta años, era flaquito, bastante alto, pulcro y con sombra de barba. Escuchaba la radio con un auricular y en la otra mano sostenía un cigarrillo con plácida distinción.
—¿Está escuchando a Central Córdoba, maestro? —medio le gritó el Soda cuando recuperó el aliento, pero siempre recostado en el piso. El viejo giró para mirarlo. Negó con la cabeza y se quitó el auricular de la oreja.
—No y sonrió. Y pareció que la cosa quedaba ahí. El viejo volvió a mirar el partido, que estaba áspero y empatado. Música y dijo después, mirándolo de nuevo.
—¿Algún tanguito? —probó el Soda.
—Un concierto. Hay un buen programa de música clásica a esta hora.
El Soda frunció el entrecejo. Ya tenía una buena anécdota para contarles a los muchachos y la cosa venía lo suficientemente interesante como para continuarla. Se levantó resoplando, se bajó las medias y caminó despacio hasta pararse al lado del viejo.
—Pero le gusta el fútbol —le dijo—. Por lo que veo.
El viejo aprobó enérgicamente con la cabeza, sin dejar de mirar el curso de la pelota, que iba y venía por el aire, rabiosa.
—Lo he jugado. Y, además, está muy emparentado con el arte —dictaminó después—. Muy emparentado.
El Soda lo miró, curioso. Sabía que seguiría hablando, y esperó.
—Mire usted nuestro arquero —efectivamente el viejo señaló a De León, que estudiaba el partido desde su arco, las manos en la cintura, todo un costado de la camiseta cubierto de tierra—. La continuidad de la nariz con la frente. La expansión pectoral. La curvatura de los muslos. La tensión en los dorsales -se quedó un momento en silencio, como para que el Soda apreciara aquello que él le mostraba-. Bueno... Eso, eso es la escultura...
El Soda adelantó la mandíbula y osciló levemente la cabeza, aprobando dubitativo.
—Vea usted —el viejo señaló ahora hacia el arco contrario, al que estaba por llegar un córner— el relumbrón intenso de las camisetas nuestras, amarillo cadmio y una veladura naranja por el sudor. El contraste con el azul de Prusia de las camisetas rivales, el casi violeta cardenalicio que asume también ese azul por la transpiración, los vivos blancos como trazos alocados. Las manchas ágiles ocres, pardas y sepias y Siena de los mulos, vivaces, dignas de un Bacon. Entrecierre los ojos y aprécielo así... Bueno... Eso, eso es la pintura.
Aún estaba el Soda con los ojos entrecerrados cuando al viejo arreció.
—Observe, observe usted esa carrera intensa entre el delantero de ellos y el cuatro nuestro. El salto al unísono, el giro en el aire, la voltereta elástica, el braceo amplio en busca del equilibrio... Bueno... Eso, eso es la danza...
El Soda procuraba estimular sus sentidos, pero sólo veía que los rivales se venían con todo, porfiados, y que la pelota no se alejaba del área defendida por De León.
—Y escuche usted, escuche usted... —lo acicateó el viejo, curvando con una mano el pabellón de la misma oreja donde había tenido el auricular de la radio y entusiasmado tal vez al encontrar, por fin, un interlocutor válido—... la percusión grave de la pelota cuando bota contra el piso, el chasquido de la suela de los botines sobre el césped, el fuelle quedo de la respiración agitada, el coro desparejo de los gritos, las órdenes, los alertas, los insultos de los muchachos y el pitazo agudo del referí... Bueno... Eso, eso es la música...
El Soda aprobó con la cabeza. Los muchachos no iban a creerle cuando él les contara aquella charla insólita con el viejo, luego del partido, si es que les quedaba algo de ánimo, porque la derrota se cernía sobre ellos como un ave oscura e implacable. —Y vea usted a ese delantero... —señaló ahora el viejo, casi metiéndose en la cancha, algo más alterado—... ese delantero de ellos que se revuelca por el suelo como si lo hubiese picado una tarántula, mesándose exageradamente
los cabellos, distorsionando el rostro, bramando falsamente de dolor, reclamando histriónicamente justicia... Bueno... Eso, eso es el teatro.
El Soda se tomó la cabeza.
—¿Qué cobró? —balbuceó indignado.
—¿Cobró penal? —abrió los ojos el viejo, incrédulo. Dio un paso al frente, metiéndose apenas en la cancha—. ¿Qué cobrás? —gritó después, desaforado—. ¿Qué cobrás, referí y la reputísima madre que te parió?
El Soda lo miró atónito. Ante el grito del viejo parecía haberse olvidado repentinamente del penal injusto, de la derrota inminente y del mismo calor. El viejo estaba lívido mirando al área, pero enseguida se volvió hacia el Soda tratando de recomponerse, algo confuso, incómodo.
—¿Y eso? —se atrevió a preguntarle el Soda, seña señalándolo.
—Y eso... —vaciló el viejo, tocándose levemente la gorra—...Eso es el fútbol.

Título: Memorias de un wing derecho
Autor: Roberto Fontanarrosa
Enlace: https://melhorliteratura.files.wordpress.com/2014/12/memorias-de-un-wing-derecho.pdf
Y aquí estoy. Como siempre. Bien tirado contra la raya.
Abriendo la cancha. Y eso no me enseño nadie. Son cosas que uno ya sabe solo. Y meter centros o ponerle al arco como venga. Para eso son wines. No me vengan con eso de wing “ventilador” o wing “mentiroso” o las pelotas. Arriba y contra la raya.
Abriendo la cancha para que no se amontonen los forwards en el medio. Nada de andar bajando a ayudar al marcador de punta ni nada de eso. Si el marcador de punta no puede con el wing de él... ¿para qué m... juega de marcador de punta? Lo que pasa es que ahora cualquier mocoso le sale con esas teorías nuevas y nuevas formas de juego o te viene con la “holandesa” o la brasileña y otras estupideces.
¡Por favor! El fútbol es uno solo y a mí no me saca de la formación clásica: el arquero bien parado en la raya y atento. Por ahí escucho decir que Gatti juega por toda el área o sale hasta el medio de la cancha... Y bueno, así le va. Yo al arquero lo quiero paradito en su arco y nada más. Para eso es arquero. Después una línea de tres. Después otra de cinco. Y arriba que nos dejen a nosotros tres. Más de veinte años hace que jugamos así y nos hemos podrido de hacer goles. De a siete hacemos. Yo ya debo llevar como 6.800. Yo solo... ¡Después me dicen de Pelé! O arman tanto despelote porque Maradona hizo cien. Cien yo hago en una temporada. Y en verano, cuando los pibes se quedan en el club como hasta las dos de la matina, me atrevo a hacer cuarenta, cincuenta goles por semana. Cuarenta, cincuenta. Yo solo... Maradona... ¡Por favor! Y eso para no hablar del centrofoward nuestro, debe llevar más de 12.000 goles por debajo de las patas... Y...¡el tipo está ahí! donde deben estar los centrofoward. En la boca del arco. En el área chica. Pelota que recibe, ¡Pum! adentro. A cobrar. Y ojo, que el nueve de los de Boca no es maño tampoco. Es el mismo estilo que el nuestro. Siempre ahí: en la troya. Adonde están los japoneses. ¡Nos ha amargado más
de un partido, eh! Yo no he visto los goles que nos ha hecho pero escucho los gritos y el ruido de la pelota adentro del arco.
Le da con un fierro el guacho. Pero, claro, tiene dos wines que son dos salames. Por ahí si jugara al lado mío él también habría hecho como 12.000 goles. ¡Si le habré servido goles al nueve! ¡Si le habré servido goles! Me acuerdo el día del debut. Le estoy hablando de hace 25 años, 25 años, un cuarto de siglo. Sacaron la lona que cubría la cancha y le juro que nos encegueció la luz. Un solazo bárbaro. Yo casi no podía ver por el resplandor en las camisetas, especialmente en las nuestras. Claro, por el blanco. Las bandas rojas parecían fuego. No como ahora, que está saltando todo el esmalte y se ve el plomo. O el piso, del verde ya no queda casi nada. ¡Cómo está ésta cancha! ¡Qué lástima! Qué poco cuidada está. Pero bueno, ese día fue algo inolvidable. Era domingo al mediodía y se ve que los muchachos estaban alborotados porque esa tarde jugaban River y Boca en el Monumental y ellos se habían reunido en el club para irse todos juntos en el camión para el partido. ¡Huy, lo que era ese día! Y claro, llegaron ahí y se encontraron con que la Comisión Directiva había comprado el metegol.
Yo había escuchado desde abajo de la lona que pensaban inaugurarlo esa noche cuando los socios se juntaban en la sede social a comentar los partidos o tomarse un fernet antes de cenar. Pero... ¡qué!... apenas los muchachos vieron el metegol al lado de la cancha de básquet ni siquiera se molestaron en meterlo adentro.
¡Además, esto es pesado, eh! No sé cuántos kilos debe pesar esto, pero es pesado. Puro fierro, de las cosas que se hacían antes. Bueno, ahí nomás lo destaparon y se armó el partido. Yo calculo, calculo, que había de haber entre 20 y 25 personas viendo el partido. ¡No menos, eh! No menos. Una multitud. Y había apuestas y todo. Le digo que calculo que había esa gente porque yo ni miré para arriba, le juro, no me atrevía a levantar la vista del cagazo que tenía. Le juro. Uno escuchaba bramar esa tribuna y temblaba.
¡Qué cosa inolvidable! Nosotros, los tres de adelante, tuvimos suerte porque el tipo que nos manejaba se ve que sabía. Yo apenas sentí que se movía, dije: “Hoy vamos a andar bien”, porque también es importante el tipo que a uno le toque para manejarlo. Usted podrá tener condiciones, es más, podrá ser un fenómeno, pero si el que está afuera es un queso, va muerto. Y yo le digo, ahora, con experiencia, yo apenas noto cómo el tipo me mueve ya me doy cuenta si conoce o no. Es una cuestión de experiencia, nada más. No es que uno sea sabio. Escúcheme, usted ve un tipo cómo se para en la cancha y ya sabe cómo juega al fútbol. No tiene necesidad ni de verlo correr. ¡Por favor! Pero ese día se ve que el tipo conocía. No era ni improvisado ni uno que agarra la manija porque está aburrido y para matar el tiempo se juega un metegol. De esos que usted trata de ayudarlos, de darles una mano pero al final el que queda como un patadura es usted. Cuando el culpable es el que tiene la manija. Y usted los escucha gritar: “¡Qué tronco es el siete ese! ¡Qué animal el wing!”. Hay que aguantar cada cosa. ¡Por favor! Pero ese día no. Ese día tuve suerte, lo que es importante en un debut. Y más en un River-Boca. Usted sabe bien cómo son estos partidos. Un clásico es un clásico, digan lo que digan ahora yo ya tengo como 30.000 clásicos jugados y así y todo, le digo, todavía cuando escucho el pique de la primera pelota en la mitad de la cancha me pongo nervioso. Parece mentira. Es que son partidos muy parejos. Somos equipos que nos conocemos mucho. Pero aquél día tuvimos suerte, por lo menos los de adelante. De la mitad de la cancha para adelante la rompimos, la hacíamos de trapo. “Tachola”, me acuerdo que se llamaba el que tenía la manija. Me acuerdo porque le gritaban permanentemente y además porque durante cuatro años vuelta a vuelta venía al club y jugaba. ¡Cómo sabía ese tipo! Lo arruinó la bebida.
Cuando llegaba en pedo yo me daba cuenta porque nos hacía hacer molinetes y cada cagada que ni le cuento. Un día me hizo hacer un molinete y yo cacé un chute que la pelota saltó del metegol e hizo sonar un vaso. Me quería hacer pagar a mí el desgraciado. Pero cuando estaba sobrio era un león. Y ese día la gasté. En la defensa no andábamos tan bien porque el que manejaba a los tres era un salame. Un paspado. Pero con los de adelante bastaba.
No hay mejor defensa que un buen ataque, mi amigo, eso lo sabe cualquiera. ¡Por favor! Ahora se meten todos abajo. Están locos, tres pepas hice ese día. Y las otras tres se las serví al nueve, al morochón. Y no tenía bigotes. Lo que pasa es que algún mocoso se los pintó con birome para que se pareciera a Luque. Un gol, me acuerdo, un gol, la bola rebotó en el corner y se me vino. Ibamos perdiendo uno a cero, porque ¡ojo! habíamos arrancado perdiendo, y la hinchada bramaba. La puse debajo de la suela y casi la astillo. La empecé a pisar y me la traje despacito para el medio. El nueve se fue para la izquierda y el once también, para abrirme un buco. Yo la masé y un par de veces amagué el puntazo, pero el fullback me tapaba el tiro y no veía ángulo para el taponazo. Le cuento que yo no le hago asco a patear y cuando veo luz le sacudo. A mí no me vengan con boludeces. Pero el rubio que me marcaba me tapaba bien. Entonces yo agarro y la engancho de nuevo para afuera, para mi lado, como para meterle un derechazo cruzado, al segundo palo, a la ratonera. ¡Si habré hecho goles así! Y cuando el rubio me sigue para taparme y el arquero cubre el primer palo, de revés nomás, cortita, la toco para el medio. Y el nueve, sin pararla ché, le puso semejante quema que abolló la chapa del fondo del arco. ¡Qué golazo! ¡Lo que fue eso! Yo lo había escuchado al negro, lo había escuchado. Cuando yo me abrí para la derecha y ví que la defensa se venía conmigo. Y lo escuché al Negro, que me grita: “¡Ah!”. Y se la toqué. Lo mató al Negro. Lo mató. La hacemos siempre a ésa. Diga que ya nos conocen. ¡Qué partido fue ése! Y para esta noche tenemos uno lindo. Si es que vienen los muchachos. Porque los escuché decir que iban a las maquinitas. Siempre hablan de las maquinitas. Vaya a saber qué es eso. Acá una vez al club trajeron una. Yo siempre escuchaba unos ruidos raros, unas cosas como “pluic” “plinc”, “clun” y unas sacudidas. Unas luces. Pero después no lo sentí más. Dicen que se le jodió algo adentro a la máquina, algún fusible y nunca hay guita para comprarlo. Son máquinas delicadas. De ésas que hacen los yanquis. Por eso los muchachos siempre vuelven. Porque el fútbol es el fútbol. Esa es la única verdad. ¡Qué me vienen con esas cosas! Son modas que se ponen de moda y después pasan. El fútbol es el fútbol, viejo. El fútbol. La única verdad.
¡Por favor!

Título: La bici rosa
Autora: Anika Jiménez
Enlace: http://vueltalasultana.blogspot.com/
Rosa y con cesta. Así quería Estrellita su bici, toda rosa, con lacitos en el manillar y una cesta delantera donde ir guardando sus tesoros en bolsitas de plástico. Ya se imaginaba ella pedaleando por el camino del cementerio, el más arreglado del pueblo, tocando su timbre para apartar a los gatos curiosos, saludando a sus amigas, con la sonrisa del triunfo reflejada en su carita de niña buena, que diría: “ésta bici es mía, sólo mía “. Pero todos pensaban que no merecía la pena y la bici nunca llegó.
Hasta hoy.
Quince años después.
Estrella Dorado Luna, primera mujer medallista en velocidad pasea su bici rosa por las pistas de los estadios. No tiene cesta, ni timbre, pero sí un lacito, rosa también, el que adorna con un bonito trenzado su pierna ortopédica.
Cabezona , “la estrellita”.